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PRESIÓN EXCESIVA abril 6, 2015

Posted by auroradelprado in psicología.
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En algunas ocasiones, la influencia de los padres en los hijos resulta negativa, en particular, cuando estos están frustrados por no haber llegado a ser lo que querían en la vida. Es entonces cuando pretenden que sus hijos sean lo que ellos no pudieron ser.
A algunos niños desde muy pequeños les inculcan sus preferencias y les imponen las actividades que ellos quieren que sus hijos realicen, pensando que en algún momento cumplirán el sueño que ellos no pudieron alcanzar.

Pensar más en los hijos
Pero conviene ser cauto con las frustraciones. Nadie debe intentar vivir en los hijos los deseos que en su momento no pudo conseguir. Algunos padres tratan de compensar su fracaso intentando que alguno de sus hijos llegue a donde ellos no pudieron, lo que convierte sus vidas en una verdadera obsesión que, a su vez, transmiten a sus hijos haciéndoles víctimas de su propia frustración, porque esta actitud puede llegar a convertir a los hijos en unas víctimas y en unos seres desgraciados, cuando los hijos se traen al mundo para que sean felices.

Como diversión
Al principio, los padres llevan a sus hijos a practicar cualquier tipo de actividad recreativa para ocupar el tiempo en algo divertido e importante para su futuro crecimiento. Muchos niños comienzan a practicar deportes inducidos por sus padres, por diversión, pero algunos padres terminan generándoles una presión excesiva poco saludable.
Si los padres proyectan en sus hijos sus propios deseos, cuando observan que estos no se cumplirán, como sucede la mayoría de las veces, porque evidentemente los niños no están todos capacitados ni dotados para lo que sus padres quieren, entonces comienzan las exigencias desproporcionadas, produciendo en los niños, dichas prácticas, un auténtico calvario.

Presión en los estudios
La presión excesiva también es ejercida en numerosas ocasiones en los estudios. No es raro escuchar a muchos padres: “Mi hijo terminará una carrera universitaria, ya que yo no la acabé”. Esta espina que ellos tienen clavada a menudo se convierte en auténtica presión hacia los hijos.
Un niño de 12 años, llamémosle Fidel, acudió a la consulta acompañado de su madre, porque había intentado suicidarse en la bañera cortándose la venas. A la pregunta ¿por qué?, su respuesta fue la siguiente: había suspendido tres asignaturas en la última evaluación. Según él, iba a un colegio muy bueno, junto a sus dos hermanos mayores y al que también había ido su padre. En ese colegio no dejaban pasar al siguiente curso con tres asignaturas pendientes y tendría que repetir.
Fidel se sentía mal solo de pensar en repetir. Tendría que dejar a todos sus compañeros, sería una auténtica vergüenza para toda la familia. Además, en este colegio solo dejaban repetir una vez, por tanto, si tuviera que volver a repetir lo expulsarían del colegio y eso sería terrible, porque no podría ir a la universidad y sería el único de la familia que no tendría estudios universitarios. Sería el marginado de la casa.
Cuando Fidel iba con su padre al supermercado, este le decía: “¿Ves a todos estos reponedores? Ganan una miseria”. Y Fidel pensaba: “si no gano dinero nadie me querrá y no tendré novia, y me quedaré el resto de mi vida solo, y esto sería insoportable”.
La presión ejercida por parte de la familia, le había creado en Fidel una serie de ideas irracionales que le habían llevado a quitarse la vida.

Qué genera la presión excesiva
Esta presión excesiva genera en algunos niños decepción, angustia, ansiedad, depresión, desequilibrio e inestabilidad emocional. Pierden poco a poco la confianza en sí mismos, en un detrimento de su autoestima.
Estos niños se sienten acorralados ante las demandas del padre o de la madre, que por otro lado siempre recurren al eslogan típico, “todo lo hacemos por tu bien”, con lo cual los niños se sienten indefensos y la mayoría no se revelan ante esta situación tan injusta.

Influencia de la familia
Es inevitable que la familia influya en el futuro de los hijos, pero siempre ha de ser de forma saludable. Porque nosotros no somos los dueños de nuestros hijos. Desde que nacen tenemos el privilegio y la oportunidad de educarles, orientarles, dándoles todo nuestro amor, para que se conviertan en adultos sanos y aptos para la sociedad.
Cada niño es su propio dueño, son personas únicas y deben valorarse como tal y una de las mejores formas de valorarlos es descubrir sus cualidades y aptitudes y de esa forma animarles a potenciarlas y sacar el mayor provecho de sus preferencias para su futuro y para que su vida sea feliz.
Pero la influencia familiar no debe ser percibida como una imposición, como una exigencia, porque los hijos pueden llegar a sentir que el mero hecho de satisfacer a sus padres es el único camino en la vida.

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