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EDUCAR SIN DAÑAR

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Es importante saber que los niños, cuando son pequeños, tienen una gran capacidad de aprendizaje, por lo tanto, hay que considerarlos como organismos a los que hay que prestar atención desde el principio. Esto es fundamental para el proceso educativo.

El medio ambiente familiar supone una continua influencia sensorial desde la más temprana edad.

Según el profesor Rodríguez Delgado, investigaciones recientes han demostrado, al utilizar isótopos radioactivos, que más del 80% de las neuronas del hipocampo y del cerebelo se forman después del nacimiento por la influencia de las recepciones sensoriales que recibe el niño del mundo exterior.

Por consiguiente, la educación es crucial en el desarrollo tanto físico como mental de cada persona. Sabemos que el ser humano está determinado por su herencia genética pero también sabemos que posee enormes posibilidades que serán desarrolladas por las influencias ambientales, entre las que se incluye la educación.

Autoritarismo y permisividad

El autoritarismo y la permisividad son dos estilos educativos que no funcionan a la hora de educar a los hijos.

El autoritarismo estuvo presente durante mucho tiempo: “aquí se hace lo que yo diga, y punto”. Los padres autoritarios no dialogan porque les parece una pérdida de tiempo; su fuerte es el control, pero carecen de amor, respeto, compasión y empatía. Los hijos educados por padres autoritarios no olvidan e interiormente se sienten inseguros, infravalorados, enfadados y heridos emocionalmente.

La permisividad es dar amor de forma descontrolada. Los padres autoritarios creen que su método es el mejor, y los padres permisivos creen que la educación consiste en dar amor, amor, amor… Se dedican en cuerpo y alma en satisfacer todas las necesidades del pequeño dictador durante toda su vida, sin establecer en ningún momento normas y límites.

La realidad es que cuando estos niños salen a estudiar fuera, los hijos de padres autoritarios tienen por fin la oportunidad de revelarse y muchos terminan metiéndose en problemas, y los hijos de padres permisivos también suelen tener problemas, porque les han enseñado que ellos pueden hacer siempre lo que quieran, sin ningún tipo de responsabilidad, ni preocuparse en absoluto por los demás.

La permisividad conduce directamente a la rebeldía. Los niños que tienen todo desean todavía más. En una familia de padres permisivos los niños son los que mandan y los padres son los sirvientes. El hijo tiene el control.

Disciplina razonada

La alternativa es la disciplina razonada, porque enseña responsabilidad y a vivir en equipo. Es importante que los niños aprendan a ser responsables y a ser consecuentes con sus actos.

La disciplina razonada incluye normas y límites: los niños deben aprender desde pequeños que en nuestra sociedad vivimos en base a determinadas normas para que todo funcione mejor. Contamos con normas y límites dentro del hogar, cuando caminamos por la calle, cuando vamos a un restaurante, cuando vamos al colegio, o a un supermercado etc. Los niños lo aprenderán de forma natural si les enseñamos razonando siempre adecuándonos a su mentalidad.

Es nuestro deber de padres también corregir comportamientos inadecuados y señalar los errores. Cuando sean desobedientes y se porten de forma irresponsable, hemos de hacérselo saber sin perder los nervios, ni utilizar la violencia, sino de forma firme y segura, pero respetuosa. Desde la calma siempre vamos a actuar de forma más inteligente que desde la alteración y desde la impulsividad.

Cómo ganarnos el respeto de nuestros hijos

Para ganarnos el respeto de nuestros hijos debemos ser, primero, respetuosos con ellos.

Debemos observar la forma en que nos dirigimos a nuestros hijos, cuando intentamos todos los días corregirles y enseñarles, los modales en la mesa por ejemplo: ¿Qué es lo que el niño oye? En numerosas ocasiones los niños están acostumbrados a oír; ¡quita los codos de la mesa! ¡Eres un guarro! ¡No tires nada! Hay otras formas más agradables y respetuosas para ayudar a nuestros hijos a que aprendan a comportarse en la mesa.

No se deben utilizar palabras insultantes, humillantes y sarcásticas, y hay que evitar los gritos y las expresiones altisonantes. De lo contrario los niños se sentirán heridos y frustrados, desarrollando irritabilidad y agresividad, perjudicando notablemente su autoestima.

Es preciso utilizar estrategias de elogio

Generalmente, si los padres y educadores no prestan atención al comportamiento bueno de los niños, éste se extingue y, por el contrario, si se le presta atención dicho comportamiento se refuerza, por lo tanto, hay que decírselo.

Pues bien, muy frecuentemente, no usamos bien las ventajas de esta estrategia. Por ejemplo, los padres sólo suelen controlar el comportamiento de sus hijos cuando se portan mal, están todo el día pendientes de ellos, reprendiéndoles, corrigiéndoles, y, en definitiva reforzándoles el mal comportamiento.

Sin embargo, cuando están jugando tranquilamente o haciendo sus deberes, entonces no les dicen nada: ¿para qué? ¡Si se están portando bien! Y es, en cambio, en ese momento cuando hay que resaltar un buen comportamiento y hacer que se sientan satisfechos de sí mismos.

Según Robert Conklin: “Educar a los niños no constituye ningún secreto. Basta con alabarles. Cuando coman bien, cuando hagan un dibujo, cuando aprendan a montar en bicicleta, cuando recojan sus juguetes”.

Un elogio todos los días mantendrá alejada de los niños la mala autoimagen y como consecuencia una pobre autoestima.

Por tanto, “trata a tus hijos cómo te gustaría que te trataran a ti”.

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